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Germán Liñero

POSMODERNIDAD

Caminaba por una calle del centro, en medio de vendedores ambulantes, batucadas, tragafuegos, discapa-citados y buses que corrían enloquecidos cuando, al doblar una esquina, me encontré con un viejo amigo, quien se alegró mucho de verme después de tantos años. Me dijo: “te daré mi nueva dirección”, y sacó una sobria tarjeta de visita, absolutamente distinta a las pomposas que antes solía usar, en donde aparecían sus dos nombres y dos de sus rancios apellidos (Rigoberto Alfonso Ladrón de Guevara Subercaseaux), grabados en letra cursiva. Eché un vistazo a su nueva tarjeta. Ya no estaban sus nobles apellidos; éstos habían sido reemplazados por: “Rigoberto, arroba, algunas letras minúsculas y un punto com”. Reducido a esas siglas, ¿era el mismo... ? En apariencia, sí. Pero, sin darme espacio para decir nada, habló de “imeils”, de “cidí”, “discos duros”; siguió con la “realidad virtual” y otras novedades similares; también de su preocupación por los virus cibernéticos. Yo siempre había temido a los de la gripe, el resfrío y otros inespecíficos, pero esos de mi amigo me tenían sin cuidado. De pronto habló que él “chateaba”.

 

Supuse que estaba frecuentando mujeres de muy baja reputación. No, parece que eso quería decir algo diferente… Quedé desconcertado cuando contó que por las tardes salía a navegar en el “Internet”.

 

Nunca le había conocido aficiones náuticas; lo más que hacía en Cartagena, era internarse en el mar con el agua hasta media pierna, tomado de la mano de su mujer...

 

Le pregunté entonces, si el “Internet” era un yate. Clavó sus ojos en mí con un dejo de lástima.

 

De repente se me ocurrió invitarlo a tomar un café para conversar, como en otros tiempos sobre cosas de la vida. El se disculpó diciendo que ese día le era imposible. Debía mandar unos “imeils” preocuparse de que un programa no fuera devorado por los virus; además, “navegaría” algunas horas después de “chatear”. Miró repetidamente la hora y, antes de perderse entre una multitud de personas autistas, que gesticulaban hablándole a un aparato que no despegaban de sus orejas, se despidió diciéndome:

 

-¡ Hasta otro día…! ¡Nos estaríamos comunicando por “imeil ”…!

 

Recordé que antes lo hacíamos cara a cara sentados tomándonos un buen café, fumándonos unos cuantos cigarrillos y sin medir el tiempo.

 

Ese día comprendí que yo era un hombre muy antiguo y solitario, de esos de mediados del siglo veinte, y nada tenía que hacer en el siglo veintiuno, ni en la cultura de la posmodemidad globalizada ni en ninguna otra parecida.

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Enrique Germán Liñero, escritor.

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