Los poemas en prosa de El Spleen de París cumplen fielmente con su título: son verdaderos poemas por su contenido emocional, por el aura de mágico hechizo que los circunda; por la profundidad de la perspectiva que abren ante el asombro de la mirada; y están escritos en verdadera prosa, rica, pero austera, consciente de su condición de prosa, de sus deberes y derechos de prosa. La prosa del Spleen conoce todo el rigor de las leyes internas del idioma, el secreto de sus funciones más ocultas. En ella el verbo es, realmente, “el ángel del movimiento, que pone todo en marcha”. De ese movimiento nacen su grandeza y su verdad, revestidas de una belleza incomparable. Colmado hasta los bordes de fuerza doliente, de intensidad desgarradora, de potencial sugestión, El Spleen de París constituye también un libro único, como son únicos, cada uno en su género, Las Flores del Mal y Los Paraísos Artificiales. El Spleen de París es el libro de la humanidad de Charles Baudelaire. Si de él surge lo que se ha llamado “el mito de la ciudad” – aunque ese mito está ya perfectamente vivo y desarrollado en los versos de Las Flores-, surge, por encima de todo, una doble presencia: la soledad del Extranjero, del testigo, y el espantoso agitarse y bullir a su alrededor de la capital inmensa. En medio de las turbas, el paseante solitario descubre con ojo experto a los desgraciados que viven en la insatisfacción y en el deseo. Ya sea el deseo de las caricias infantiles, como la viejecilla desesperada; ya el de sentarse a la mesa de un café lujoso, como el padre pobre, de ojos inmensos, con sus dos hijos de la mano; ya el de escuchar un poco de música, como la viuda mísera y majestuosa, perfumada de “altanera virtud”. Otras veces se trata de una mujer solitaria, madura, arrogada ya, “que no sale nunca”. El poeta se imagina la historia de esa mujer y, en ocasiones, se la cuenta a sí mismo, llorando. Niños pobres, saltimbanquis arruinados y decrépitos, viejas abandonadas, locas, mendigos, perros vagabundos, ésas son las imágenes sobre las que se inclina, estremecido de piedad. Como siempre, él está comprometido hasta la médula, detrás de cada una de esas imágenes del dolor, de la insatisfacción o de la derrota. El ensueño al estado puro, corrosivo, cae como un ácido sobre las páginas del día o de la noche, muerde las figuras de la realidad, las escorias de la apariencia caen consumidas y un nuevo orden de belleza reemplaza al desorden del mundo. El rostro del poeta está ahí, siempre presente. Él está ahí entre la turba de los necesitados, de los insatisfechos, de los humildes. Tiene los ojos alzados al cielo y habla: está rezando. Está en el centro mismo del torbellino, tan necesitado como los pobres, tan abandonado como los viejos, tan triste como los vencidos, hecho pedazos; pero no implora dinero, ni compañía, ni gloria venidera, ni consuelo alguno material: pide a las almas intercesoras que lo liberen de la mentira y de la corrupción del mundo, y a Dios, que le conceda la gracia de escribir algunos hermosos versos, es decir, la máxima victoria. Texto escogido EL EXTRANJERO -¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano? -Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo. -¿A tus amigos? -Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer. -¿A tu patria? -Ignoro en qué latitud está situada. -¿A la belleza? -Bien la querría, ya que es diosa e inmortal. -¿Al oro? -Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios. -Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero? -Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá... ¡a las nubes maravillosas! El autor Charles Baudelaire (París, 1821 – París, 1867). Es el pionero de la lírica regida por la filosofía parnasiana. Como respuesta al romanticismo, que considera una saturación del sentimentalismo en la expresión escrita, sus versos expresan su posición estética. Retrata la vida y las cosas cotidianas de una manera cruda y descarnada para mostrar que en lo feo hay belleza, aunque presta atención a la métrica y a los aspectos formales. Este sentimiento de rebeldía y desengaño propio de los poetas de su generación, está acentuado en Baudelaire por las vivencias de su infancia. Su madre se casa por segunda vez, después de haber enviudado, hecho que provoca en él el rechazo del padrastro que más tarde lo persigue y despoja de su fortuna. Su producción literaria está influida por Edgar Allan Poe, de quien toma el espíritu fatalista y el sentido de irreversibilidad del destino. Otra de sus obras importante es, no sólo por su simbolismo, sino por la exquisitez de sus imágenes, y la elaboración de su métrica, Las flores del mal, rechazada y criticada en el momento de su publicación por atentar contra el sentido estético reinante en el momento, el romanticismo.
|