Trabaja hace dos años en la calle. El teatro es su oficio, luego de pasar por la escuela de la Universidad de Chile y una beca en Buenos Aires, decidió llevar su trabajo a la calle. En la escuela era un actor dramático, pero luego de su viaje llegó con la idea de hacer comedia, pero con una mezcla de política.  Fotografía: Christian Iglesias | “Soy un actor político y no tengo problemas en reconocerlo, en la calle eso funciona. Me gusta el teatro social, por eso realizo mi trabajo en la calle. No quiero estar en una sala de teatro. En la calle se prueban los buenos actores, porque si no le gustas a la gente, se van o no te aplauden o no te dan plata”, dice. A pesar de que corre riesgos a cada momento, de que se lo han llevado como “veinte veces en cana” y que incluso más de alguien no ha entendido su obra y lo putea, sigue recorriendo Santiago con su Obra “El Milico”, que lleva dos años en función con un gran éxito. “Al principio me costó, primero porque me tenía que ganar un espacio en la calle, algo que es complicado, además que te tienes que dar a conocer para arrastrar gente, pero ahora vivo de esto y no me quejo. Tengo una hija y la calle me permite tener lo que necesito”, explica López. “El Milico” es la historia del conscripto Llanos, oriundo de San Carlos Purén. Un cabro que deseaba ser militar y que una vez reclutado fue un “milico” ejemplar. Pero el destino le juega en contra. Su padre se enferma y se está muriendo. Su padre es un trabajador campesino de esfuerzo, luchador por la democracia, un buen hombre. Llanos necesita estar con él, pero su Comandante se lo impide. “No les importó que Llanos haya tenido buena conducta, finalmente no le dejan ir, pero él se revela y se arranca del regimiento, hasta que en su escapada muere baleado”, complementa Eduardo. A través de esta historia, López introduce, mayoritariamente, el tema social. La injusticia, la falta de oportunidad, la cesantía, la educación e incluso a Tombollini. Su obra tiene una base que es la historia de Llanos, pero que se ajusta a las improvisaciones que López va acoplando. “La calle da para eso y tienes que estar atento. Por ejemplo, suena una sirena y yo levanto las manos y la gente se ríe, además de estar atento a los pacos para que no te lleven preso”. Pero la historia de López como actor tiene anécdotas que se relacionan con su obra. De hecho, el apellido Llanos lo sacó de un compañero del servicio. “Me tocó hacer el servicio, pero duré un mes. Les inventé que era bisexual, los tenientes y cabos se agarraban el pelo. Recuerdo que cuando me llevaron a la oficina de un Teniente él me preguntó si yo tenía pareja y le dije que si y luego me dijo: usted ha sido poseído, cacha la preguntita, después de mi respuesta, me dijeron que me fuera”, cuenta.  Fotografía: Christian Iglesias | Así, de recuerdos fue construyendo su obra y agregándole contingencia. Al comienzo hacía hasta diez funciones diarias, “para hacer la plata, vivía en la calle, tenía que juntar las monedas para pagar un hotel y comer, con una hija todo cuesta un poco más, pero poco a poco fui tomando el pulso de la calle. Ahora hago dos funciones y ya sé más o menos con cuanto puedo contar”. Aquí es donde se nota su cuento social. López no tenía el sueño de muchos actores y actrices, de salir de la escuela y entrar a una sala de teatro. Por ello, decidió ir a probar suerte a la calle, algo que para él ha sido una gran escuela. Su éxito le ha otorgado el reconocimiento de sus pares. “Una vez me vio la Rosa Ramírez y me invitó a actuar a la carpa del Gran Circo Teatro. Me dijo que donde ellos estuvieran yo tenía un espacio para actuar. Así es que cada vez que se presentan, yo puedo llevar mi obra y presentarla al mismo público que ellos tienen. Mucha gente me reconoce y los públicos son bien variados”. López cuenta que, por ejemplo, el público de la Plaza de Armas es muy distinto al de la Plaza de la Constitución. “En la Plaza de Armas reciben mejor las tallas en contra de los políticos de la Concertación, se ríen y aplauden, pero en esta otra, el público mayoritariamente es concertacionista, así es que cada vez que hago rutinas donde incluyo personajes como los de las coimas, la gente ni se inmuta”. Municipal: de salón A Eduardo nunca, en estos dos años, le han otorgado el permiso para trabajar en la calle. Cuando presentó su obra frente a la comisión de la Municipalidad de Santiago, su trabajo no les pareció y siempre le inventaron excusas para negarle el permiso. “Una vez me dijeron que no me podía presentar porque lo hacía sin polera, después me puse la polera, pero tampoco me lo dieron. Tuve que blanquear la obra, le quité algunas groserías, pero tampoco pasó. La cosa es que no quieren que yo me presente. Lo que me molesta es que tuve que hacer mi obra frente a unos personajes que no tenían idea de nada, ni de teatro callejero ni de sala, entonces qué esperanza te queda, ninguna”, piensa.  Fotografía: Christian Iglesias | La misma suerte es la que ha corrido con la policía, los enemigos más acérrimos de los artistas callejeros. Sus disputas, bien podrían dar para otra obra de teatro. Una vez a López le llevaron presa a su mochila, de tanto reclamar le pegaron un lumazo a él y lo echaron dentro de la zapatilla. “Puta estuve mucho rato en el calabozo. Después me dijeron que me iban a llevar a la peni. Escuché eso y arranqué, corrí para fuera, pero en la puerta había un paco esperando, me di media vuelta y vi en alto de una oficina la foto de Lagos, ahí pensé que me salvaba, vi una luz. Entré y era la oficina del Mayor. Me agarré de su escritorio y le dije que yo era actor de la Universidad de Chile. Me dijo que me quedara tranquilo y me soltaron. Ahora en cualquier lugar que está el Mayor, puedo actuar, él siempre me da permiso”, recuerda Eduardo. Joaquín Zamorano “Una vez llegó Joaquín Lavín a cambiar un cheque al banco. Le pidieron el carné de identidad, pero no lo traía. El cajero le dijo que era imposible cambiarle su cheque, entonces el alcalde le reclamó: cómo no me lo van a cambiar, si soy Joaquín Lavín. El cajero le dijo que hiciera algo para creerle: ‘mire ayer vino Ivan Zamorano y tenía el mismo problema, pero nosotros le pasamos una pelota y dio un gran salto y después cabeceó tan lindo que cachamos de inmediato que era Zamorano’ le dijo el cajero y le pidió que hiciera algo. Lavín consternado se tomó la cabeza y le susurró: es que no puedo. El cajero le preguntó ¿por qué? Y Lavín contestó: es que se me ocurren puras huevás. Ah, le cambiamos al tiro el cheque pues. Usted es Joaquín Lavín”, con esa rutina comienza la obra “El Milico”. Es un chiste que sirve para que la gente entre en confianza, dice López. Pero la historia del conscripto Llanos no sólo tiene comedia y la obligación de sacar sonrisas, también tiene drama y es justamente el vuelco que hace el actor para que la gente tome conciencia de los problemas sociales que tiene el país. López no es complaciente, de hecho las cosas se facilitarían si sólo se tratara de hacer reír, pero no. Luego de que el soldado huye de la milicia, muere porque le disparan por la espalda. Cuando lo vi en la Plaza de Armas por primera vez, me fijé en el público. Los rostros se deforman cuando el soldado Llanos le reclama a una patria injusta que se debate puerilmente y olvida su pasado.  Fotografía: Christian Iglesias | Podría parecer efectista la fórmula de este actor, pero mientras el teatro habla de vaginas, penes chicos y monólogos añejos, López se la juega por la conciencia. De seguro esa fue la excusa de los organizadores del teatro a mil que lo dejaron fuera y lo excluyeron por los contenidos de su obra: “Me preguntaron si le iba a dar mucho al cuento de las coimas, yo les dije que sí porque era el tema que estaba en la calle y yo actúo en la calle, después de eso no recibí respuesta”, dice al terminar, mientras se prepara para otra función. A su lado, hay una chica hermosa que lo acompaña. Es su novia, productora y asistente. Ella instala un lienzo que se sostiene con unos tubos de plástico que dice: Hoy “El Milico”, con unas letras rojas y un fondo negro. También hay una pelela donde recolectan la plata, ahora comienza la función: “Una vez llegó Joaquín Lavín a cambiar un cheque al banco...” “El Milico”, dirigida y actuada por Eduardo López se presenta hoy a las 18:30 horas en el frontis del Museo de Bellas Artes. Funciones: Sábado y domingo. El resto de la semana en las Plaza de Armas o en cualquier lugar de Santiago. Incluso a la salida de los teatros. La entrada es gratuita.
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