Calle de las ilusiones (“8 Mile”)EE.UU. 2002 118 minutos Con: Eminem, Kim Basinger, Brittany Murphy, Mekhi Phifer, Eugene Byrd, Omar Benson Miller, Taryn Manning Música: Eminem y 50 Cent Guión: Scott Silver Dirección: Curtis Hanson 14 años La violencia que exuda Calle de las ilusiones es algo familiar. Guardando las proporciones, porque es difícil comparar el discurso rabioso del rapero mal alimentado de la periferia santiaguina con la de Marshall Mathers III, alias Eminem. Superventas y con una oficina completa de abogados tras él para decir y hacer lo que quiera. Incluso una película con tintes arrebatados de biopic. Del cómo llegó a ser lo que conocemos como el deslenguado que se echó encima a su propia mamá con una demanda de diez millones de dólares por dedicarle la tierna letra de la canción “Te mataré” en sus comienzos. Dirigida por Curtis Hanson, efectivo cuentacuentos que baraja por igual desde el thriller casero (La mano que mece la cuna), la novela negra (Los Angeles al desnudo) y hasta la comedia intelectual (Wonder boys), la película escarba en un mundo que nunca está de más conocer. Incluso para quienes no cultivan el tema de la rima y el rasgueo de vinilos, que parece patrimonio exclusivo de la población afroamericana, pero que se expande como "la" moda entre nuestros jovencitos de pantalones caídos, cintillos, bototos desabrochados y viseras vueltas para atrás. El ícono controversial es Eminem, rapero blanco que se adueñó del discurso negro para potenciar con eso a todo un mercado al que está dirigida esta película. El mismo que es popular por su estilo que no tiene límites ni reparos para referirse, por ejemplo, a la vida sexual de Britney Spears, Moby o la validez de los premios Grammy que después se lleva al bolsillo como monedas de un peso. El título original de Camino de las ilusiones hace referencia a la Milla 8, que es la ruta que limita la periferia de Detroit con el centro, lugar en el que se crió el rubio. Un sector que lo margina de la actividad hip hopera que se lleva a cabo en bares y clubes para los morenos afiebrados de tanto criticar el establishment. Le cuelga una similitud sibilina que recuerda a The Commitments de Sir Alan Parker y todo el cuento del camino a la fama que tanto le gusta al ciudadano medio. Que a puro esfuerzo consigue el éxito para validar el american way of life. Con eso y con el pituto de última hora. No soporto el rap, no soporto el rap… La historia está ambientada en el Detroit de 1995. Jimmy Smith Jr. (Eminem) volvió para vivir en la casa rodante de su mamá. Trabajador caucásico, melancólico y dueño de un especial talento para componer estrofas de hip hop, ésas églogas consonantes que hablan de marginalidad, desamor y belicosidad cotidiana. Jimmy siempre viaja a la ensambladora de autos de Michigan con sus torpedos y apuntes en el bolsillo, y su vida es una miseria de los suburbios con una mamá sin oficio ni para cuidar a su pequeña hija y con un pololo nuevo y vaguísimo que era compañero de curso de su hijo. El personaje está apestado de todo y su único refugio es vivir rimando, observando ese mundo que detesta y tratar de acercarse al estilo afroamericano al que tanto desea pertenecer. El resto de la comunidad lo recrimina por ser una “basurita blanca” en corral ajeno. Pero él tiene planes de llegar a ser alguien y salir de la mediocridad de la que se avergüenza. Para ello cuenta con un particular grupo de amigos que parecen sacados de la pandilla de Tony Manero. El pituto salvador puede llegarle si se presenta en un torneo de rapers donde puede darlo todo o perder la poca credibilidad discursiva, si es que la tiene. De todas maneras destiñe cierto tono meloso y faltas diplomáticas que tienen que ver con la mirada del único blanco que trabaja rodeado de negros y en medio de la desgracia social para ser una sufrida versión del personaje de Bjork en Bailarina en la Oscuridad. Artista de medio tiempo, con principios y valores que parecen exclusivos de los blancos y dejan a la población de color como el vago muthafucka, de intervención estrecha. Precisamente el público que aclama al artista que los representa. El drama de Calle de las ilusiones se centra en un concurso de “payas”, para encontrar un referente cercano. No parece muy atractivo desde fuera. Sin embargo, la contradicción vital entre la perversa verborrea de Eminem y su personaje que es todo afecto, tesón y honorabilidad, parece resultar si nos fijamos con objetividad en el personaje de Jimmy. El resto de la acción alcanza cuotas de drama bien logradas y desenreda de una manera digna los nudos que va armando el desarrollo ético del personaje. El tipo actúa y lo hace bien. No se puede decir nada al respecto, salvo homologarlo a la nueva intervención de Kim Basinger en la película de Hanson después de su notable desempeño en Los Angeles al desnudo. Aquí brilla también como la mamá perdida del muchacho. Un homenaje a la decadencia de la que salió en su colaboración anterior con el director.  | Se agradece el buen trabajo de subtítulos para entender este mundo de 300 palabras por minuto y la forma de acercar una realidad por la que difícilmente se podría pagar una entrada si no se está interesado. La pericia de Curtis Hanson consiste pues, en recrear una vida –harto maqueteada-, pero que obedece a los mínimos principios del mercado. Principio que no le queda tan mal al tipo cuando se trata de actuar y ganarse el respeto de sus detractores con textos certeros y directos, sin asomo de verguenza. "Soy la peor cosa desde Elvis Presley / Hacer música negra tan egoístamente / Y usarla para hacerme rico / Se sentirán algo vacios sin mi... ". Si tú lo dices. Lo bueno: Notable el acerbo de palabrotas, insultos y denuestos que se sueltan entre “amigos” y torneos de rap. Si tiene contra quien usarlos, lleve papel y lápiz. Lo malo: Los chicos del vecindario son realmente malos. Son ese tipo de personas que ahogan los gatitos nuevos. Lo feo: Podría haber una versión de torneos con canciones de barra brava protagonizada por el Kramer.
|