Me desperté transpirado entero. Miré el reloj del velador: eran las cinco de la mañana. Mi bella Dany dormía plácidamente en los brazos de Morfeo con su cara angelical. En su cuna, junto a ella, Javiera Azul roncaba con sus cinco meses a cuestas. Me paré y fui a la habitación de mi simpático hijo Tomy: roncaba con sus siete años empotrados en los huesos. Pensé, bobamente: “¡Que envidia, en esta casa todos duermen como Nerones y sólo yo, Volo Kalamaky sufro de ataques de insomnio. Ya no soy el mismo perro de antes!”. Es nuestra primera noche en la casa nueva, esa que nos entraron a robar hace cuatro días atrás. Con mi esposa quedamos exhaustos por culpa de la fokin mudanza. Cambiarse de casa provoca un maldito estrés y eso sumado a la deuda en las letras a 20 años plazo, una bomba al miocardio. Tengo prohibido quedarme sin pega por dos décadas: ¿Qué rico, no? Lo bueno es que ahora tengo mi estudio propio para encerrarme a escribir como un demente todas estas macanas que escupo sin pelos en la lengua. Debo agradecerle a Henry, mi suegro paleta, ya que ayudó a instalar enchufes y reparar todo tipo de desperfectos. Henry terminó con las manos llenas de tajos y para colmo, se le calló un armario en una pata. Henry es un buen tipo y ayudar es su lema de vida. Ya no quedan personas solidarias en este mundo: Henry es la excepción de la regla. Volvió nuevamente esa frase a mí podrido cerebro: “Ya no eres el mismo perro de antes”. Me sentí un niño de pecho que viene de vuelta a buscar su mamadera, su teta plástica. Tengo la necesidad de reencarnarme en un capullo, nacer como gusano de seda y terminar siendo mariposa o polilla. Me fascinaría comerme la ropa de la gente de sus closets y dejarles sus harapos con hermosos hoyos negros. Quizás así decidan andar a poto pelado por la vida sin necesidad de ponerse falsas caretas plásticas. Todo mundo se hace pendejo y la atmósfera está rancia con olor a culo. Necesito dejar de trabajar, llevo un año rompiéndome el lomo por bolitas de dulces. Doy más de lo que puedo y cada vez el monstruo literario que llevo dentro se fatiga poniéndose perezoso. Ya no deseo leer ni libros, ni periódicos, ni ver noticias, ni escuchar radio. Todo me desmotiva y me da lo mismo. Salí a callejear por el Parque Bustamante. En la salida del Metro Baquedano había un punk sentado desafiante ante el mundo con su pinta rupturista. Me senté cerca a fumar un cigarrillo. Lo observé de reojo con respeto a la diversidad, le fascinaba que lo miraran con asco y estaba en éxtasis callejero. El punkie tenía el pelo con un mechón verde y otro rosado, se había pintado la cara blanca como un mimo con caña mala y delineado los ojos de color rojo sangre como un vampiro dark gótico. Usaba unos ajustadísimos pantalones de cuero con incrustaciones de tela atigrada, chaqueta negra con la imagen de una calavera y bototos milicos. Estaba adornado de púas, de pies a cabeza. Ahí estaba la representación egocéntrica de la tribu urbana marginoide, hiper producido, escupiendo con su imagen la supuesta rabia a la sociedad. Cada uno lo hace como puede y como quiera. Yo prefiero utilizar como navaja las letras, a poto pelao, sin censura alguna. No necesito vestirme, necesito desvestir el alma. Siempre bromeo a mi Bella Dany, que cuando crezca nuestra princesa Javiera Azul la pillaremos atracando con un punk en el living. Para guevearla un rato, le digo que habrá que revisarlo al salir para cachar si se está pelando algún adorno. Ella se ríe de mis chistes fomes y aunque a veces me siento distante, es lo más importante que tengo, junto a mis retoños. Comenzaron a aparecer los maricones nocturnos que se instalan frente al Prosit a ofertar sus anos obreros. Habían dos feminoides haciéndome ojitos y tazándome el paquete con indirectas de alcoba. Me lengüeteé los labios para sacarles pica y soñaran con mi verga viajera. Me gusta joder a los gethos y hacerle una tapa del tamaño del forado de la capa de ozono. Soy un anarquista independiente de centro-centro que no milita ni con el fokin Diablo. Arrojé la colilla al piso, la pisé con mi zapato y me largué al barrio de Bellabestia. Bellavista sigue igual o peor. No se puede caminar por las veredas por el exceso de vendedores ambulantes instalados con sus diversas chucherías: libros marxistas, esotéricos y de moda; velas, lámparas, trabajos en cobre, collares, antigüedades. Todo se trueca sobre el grís pavimento, todo tiene un precio, todo se oferta. El tumulto de peatones miran, compran, arrastran sus bolsas negras con guevadas inservibles. Hay más locales, más sillas, más gente chupando al aire libre. Hay más policía, más pungas, más robos de autos. Vamos en escalada hacia la destrucción del Imperio Plástico del capitalismo neoliberal. Vendrán los marcianos, nos darán por el culo y se llevarán todos nuestros bártulos. Nos dejarán en pelotas como cuando fuimos paridos y recién ahí valoraremos la vida con su real dimensión. Decidí largarme de aquel infierno público. Volví a mi casa nueva. Me encerré en mi estudio a escribir. Desempolvé de un viejo baúl los rancios capítulos de mí postergada novela. Me senté frente al computador y comencé, lentamente, a hincarle el diente “literario” a la abandonada “obra negra”. Y me lo propuse: el 2003 publicaré Palacio de Citas: 11 de Serpientes en homenaje al punk que llevo dentro. Las putas dormidas despertaron con el tecleo y poco a poco fue agarrando sustancia la historia. Cuando uno quiere, las cosas salen. Ja.
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