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Goma de mascar:

El enano bestial


Creo que antes de lanzarse sobre ella hizo un rito de iniciación sexual. Bramó frases en dialecto tribal, corrió alrededor de la cama como si espantara los malos espíritus –agitaba los brazos como un pelícano que inicia el vuelo- y orinó un rincón de la habitación, según él, para bendecir el lugar del coito.


Fuente: PrimeraLínea

Por Andrés Rosso

 

Samuel Hetereki es el administrador del edificio. Tiene acondoplasia. O mejor dicho es un enano. Pero no cualquier enanito. Si te atreves a faltarle el respeto, de seguro no sales vivo de sus brazos. Como buen oceánico posee un bronceado eterno, una nariz aplastada de moai, una espalda lo suficientemente ancha para que aterrice un avión y bíceps de levantador de pesas.

 

Nunca me he atrasado en el pago de la renta. Sería un suicidio. Dicen que los pascuenses tienen más de animal que de persona. Por eso yo trato de ser lo más condescendiente con él. Cada vez que me lo topo en la entrada del edificio, donde tiene una sala de guardia, alabo algún aspecto de su cultura. El folclore, la artesanía, las mujeres de la isla o el clima privilegiado.

 

A Hetereki nadie le entiende. Si ya para comprender a un pascuense normal tienes que ser un experto en prehistoria, para traducir a un enano pascuense debes saber de zoología. Y a mí me cargan los animales. Sólo sé de chicles. Y que yo sepa, los pascuenses no tienen siquiera coeficiente intelectual para hacer un globo. Una vez le regalé un exquisito chicle ruso a Hetereki, y no le duró en el hocico más de cinco segundos. Como un niño carente de dientes, me dijo que no aguantaba el intenso dulzor en la boca y que se lo había tragado.

 

El enano llegó a la ciudad hace veinte años. Nunca lo he escuchado hablar de su pasado. Nadie sabe si tiene familia. Lo único que se comenta es que arrancó de su isla natal porque era el hazmerreír de su tribu. Los suyos se caracterizan por ser eximios nadadores y excelentes montadores de caballos. No conocen de bicicletas ni automóviles, debido al escarpado terreno en el cual se mueven. Un equino compañero es el mejor medio de transporte.

 

Cada vez que veo a Hetereki, me dan ganas de decirle que su solución está en aceptar las diferencias y que se compre un caballo pony de una vez. Podría volver con los suyos. Pero la verdad es que no quiero arriesgarme a que me devore como un caníbal. Se ve que tiene mal genio.

 

Magali es la única persona del edificio que tiene más contacto con él. La noche que estuvimos juntos, terminamos inexplicablemente hablando de Hetereki. Luego de tener sexo –ella se aprovechó de mí-, Magali prendió el televisor y en un canal de turismo estaban dando un programa sobre la isla del enano. Sin que yo pusiera el tema, ella dijo que Hetereki era alguien muy distinto de lo que se comentaba. "Samuel es un hombre sensible", sentenció. Debo reconocer que la confesión me pareció muy chistosa. Pensé que estaba ironizando; por eso me reí. Pero me bastó mirarla dos segundos para entender que yo no había sido el primero del edificio en entrar en el cuerpo de Magali... Y que hablaba muy en serio.

 

Para Magali la sensibilidad de un hombre se demuestra en la cama. Así de simple. Cuanto más animal pueda ser, más sensible es. Por eso Hetereki le pareció tan especial. Creo que antes de lanzarse sobre ella hizo un rito de iniciación sexual. Bramó frases en dialecto tribal, corrió alrededor de la cama como si espantara los malos espíritus –agitaba los brazos como un pelícano que inicia el vuelo- y orinó un rincón de la habitación, según él, para bendecir el lugar del coito. Todo eso le pareció a Magali de una sensibilidad impresionante. Que por fin un hombre pudiera sacar todo su lado animal. Nada de lados femeninos. Animalidad pura, brutalidad pascuense.

 

Honorato, el dueño del kiosco de la esquina, cree lo mismo que yo. Que Hetereki es un degenerado. "Colecciona mujeres", me dijo. No hay noche que falte una extranjera en su departamento, que, según Magali, está ambientado como si fuese una selva virgen. Honorato se atreve a opinar porque sabe de primera fuente de los gustos del enano. Todas las semanas le entrega la oferta completa de revistas pornográficas que llegan a la ciudad.

 

Una vez leí en un periódico una entrevista a un enano. El tipo contaba que no le iba mal con las mujeres, porque siempre los enanos han formado parte de sus fantasías más sórdidas. El chiquitito le contaba al periodista que ya estaba acostumbrado a que las chicas pensaran que su pene era muy grande. Como si fuera un niño demasiado precoz, con una deformidad capaz de convertirlas a todas en multiorgásmicas.

 

Puede ser que Hetereki sobreviva gracias a la deformidad mental de la mujer. Porque de otro modo me cuesta pensar que esté vivo. Si yo fuera un enano, estaría muerto hace tiempo. No se puede tener ganas de vivir con un metro diez de altura. Se ve el mundo desde el piso. Los bebés de tus amigos te confunden con un nuevo amigo. La ropa debes mandarla a hacer a medida. Además, la mayoría de los enanos son regordetes. Tienen problemas para dormir; se ahogan. Por eso mueren a temprana edad, como los con síndrome de Down. Para colmo de males, dicen que muchos son alcohólicos.

 

En todo caso no le guardo ningún rencor a Hetereki. Me parece tan sólo que no es el mejor administrador que uno pudiese haber tenido. Si te dan a elegir entre un tipo de estatura normal y un enano, por muy feo e idiota que sea el primero, te quedas con él. Además como amigo es muy limitado. No puedes ir con él a un recital, por ejemplo. Se perdería entre la muralla de piernas, acabaría pisoteado por el público. Ni pensar en invitarlo a la piscina. Para disfrutar con él tendrías que bañarte en la zona para niños. Menos al mar, los lobos marinos y las focas podrían atacarte, pensarían que te llevas una de sus crías.

 

El que sí tuvo problemas con Hetereki fue Bluesman, un muchacho veinteañero, universitario, que desde hace dos años ya no está con nosotros. Siempre que me crucé con él en la entrada del edificio, venía con tubos de latón a cuestas. Codos platinados, latones rectos o ventiladores en forma de callampa. A veces lo veía con planos dibujados en papel mantequilla o maletines de acero inoxidable. Para saludar sólo levantaba las cejas y nunca llegué a saber cómo era su timbre de voz. Sin embargo, nadie de nosotros lo extraña por sus latas o por el misterio que lo rodeaba, sino por su armónica, instrumento que ocupaba por las tardes, siempre a la hora del atardecer.

 

A mi mujer se le descomponía el día si llegaba a escuchar al chico tocando su armónica. Ella es una purista de la música. Si no se trata de algo salido de un conservatorio, no es digno de ser escuchado. Por razones obvias el blues era para ella una creación aberrante. Decía que le recordaba la tristeza de las estaciones de trenes antiguos, los bares de mala vida, la flojera de los vaqueros ebrios en el lejano oeste.

 

Yo sin ser un melómano, puedo decir que la armónica de Bluesman –como lo bautizamos entre todos- era música de verdad. Quizás no tenía estudios, ni una técnica tan depurada, pero lograba, por lo menos a mí, transportarme de la rutina diaria de mi hogar, a un lugar donde había oxígeno de sobra para entender que la crisis matrimonial por la que pasaba, podía ser un desafío hermoso a nuestro amor. Aunque la realidad terminó demostrándome que todo eso había sido una ingenuidad inmensa, guardo como un buen recuerdo los instantes previos al trance del blues y mi materialización posterior en un paraje en el que daba mis primeros pasos con absoluta emoción.

 

Con el chico nunca nos dirigimos la palabra. Me habría gustado haberle comentado que yo era uno de sus fans, si no el único. Pero ambos al parecer éramos hombres solos. Él con sus latas curvas, yo con mis chicles de color. Lástima que haya tenido que partir por su encontrón con Hetereki. No se tragaban. Esas cosas suceden en todas partes. Una mala palabra, un gesto impropio. Para odiar a alguien sólo hace falta que el otro se transforme en un ser de modales inentendibles. Que use la ropa que tú nunca ocuparías, que escuche música romántica, siendo que tú serás un rockero hasta la muerte.

 

Para comentarios escriba a: gomademascardeliciosa@latinmail.com



Miércoles 29 de Enero de 2003
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