“Tal vez ahora no pueda cambiar el mundo, pero lo que más me importa es que el mundo no me cambie a mí”. F. Villa Porfía se llama el último trabajo de Francisco Villa, otro cantautor desadaptado que todavía cree que en el mundo se puede convivir con justicia e igualdad social. Lo anterior no es antojadizo, si no, ¿cómo explicarnos las insistentes temáticas que el cantautor aborda en sus composiciones? Desde el arte (carátula) notamos ciertas características que obligatoriamente evocan tiempos en que el desarrollo musical iba de la mano de la necesidad de reivindicar valores destruidos por la dictadura. En esa época eran afiches del Che, del canto de Silvio Rodríguez, Víctor Jara o Pablo Milanés. Fotocopias medio borrosas de los cancioneros de aquella Bicicleta que acompañaba a muchos aprendices de guitarra, unos para conquistar muchachas en la fogata, otros para desahogar la necesidad de expresarse (también hubo de los que conjugaban los dos elementos). Y pasó el tiempo, pero hoy el artista reivindica esa forma de ver el mundo. Villa es un porfiado, un burro de esos que hacen tanta falta en el espectro de la música local. Es imposible hablar de su trabajo (el cuarto de su carrera) sin revisar su parada política, una visión de mundo que insiste en exigir justicia en temas como los derechos humanos, la pobreza, el letargo de un pueblo aturdido y complaciente ante las autoridades y gobernantes. A la hora de escribir, su poesía es joven, fresca y agresiva, pero también sabe de dulzura. Francisco Villa tiene claro cuánto calza y qué mensaje puede enviar con su guitarra y voz como protagonistas principales. En esta ocasión, su trabajo abre con un tema definitivamente hermoso, “Alma Bullendo”. Un juego de voces que comparte con Patricia Carmona, hecho que se repetirá en temas como “Luis Emilio”, “Peregrina”, “Pan y Cebolla” y “Porfía”. Los arreglos de cuerdas son realmente buenos y el sello, en el tema mencionado, se lleva gran parte del crédito. Su música tiene la raíz de la trova. Insertarse en ese medio lleva a un camino común, un recorrido que varios símiles de origen latinoamericano experimentan. Sin embargo, en esta oportunidad el cantautor se abre a nuevos espacios como el flamenco de toques islámicos, la salsa (son) y otros, sin dejar atrás los orígenes del canto nuevo, que siempre caracterizaron las composiciones del artista. “Pisagua 1990”, es el llamado -sin clichés ni autocensura- a darnos cuenta de que en nuestro país, pese a la modernidad, coimas y tratados de libre comercio, todavía existen deudas para un verdadero desarrollo. Y el tiempo pasa rápido. Villa pide justicia y reclama el derecho, al menos, a poder despreciar en voz alta los atropellos. La intimidad de un cantautor extrapolada a temas de necesidad universal entrega elementos que hacen que el trabajo de Villa tenga un valor que trasciende a los bonitos acordes y voces. Es que el muchacho canta con el corazón y eso se nota. Ya lo dijo uno por ahí: La canción libre, siempre será canción nueva.
|