Diversos economistas alternativos observan con estupor cómo las transnacionales, que ven agotados sus mercados mundiales, intentan controlar el acceso a los recursos naturales, como son los sistemas de agua. El proceso, que en Chile se ha desarrollado de forma silenciosa y exitosa para aquellos conglomerados, haya, sin embargo, una fuerte resistencia en el resto de la región, como es el caso de Perú, Bolivia, y también Brasil.
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La nueva gran ofensiva de las corporaciones transnacionales ya no está orientada hacia la compra de activos productivos en los países latinoamericanos -por estar ya practicamente todos en manos privadas- sino en los recursos naturales. El agua, los bosques y otros recursos naturales son a partir de ahora el blanco del sector privado internacional. Un paso que han dado en Chile con éxito, empero ha tenido serios obstáculos en Perú y, en estos precisos momentos en Bolivia. La activista Maude Barlow, presidenta del Consejo de Ciudadanos Canadienses y del Proyecto Planeta Azul afirma en el marco dell Foro Social Mundial (FSM) de Porto Alegre que, ante los problemas de países como Argentina y Brasil en el pago de sus obligaciones financieras internacionales, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) están dispuestos a flexibilizar sus demandas -como hemos observado en Argentina- a cambio de la venta a corporaciones privadas de recursos naturales como bosques y sistemas de agua. El agua es hoy uno de los mayores negocios que se gestan en el mundo, el que se organizará bajo los estándares de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Bajo el concepto que el agua no es un derecho, sino una necesidad (que puede ser satisfecha por las transnacionales), su consumo se normará bajo criterios exclusivamente de libre mercado. La búsqueda de nuevos mercados, como en ésta área, es un síntoma que para el filósofo húngaro István Mészáros, uno de los principales pensadores de izquierda (Siglo 21: Socialismo y Barbarie) y catedrático de la Universidad de Sussex, Inglaterra, confirma “la crisis estructural del capital, en contraste con las periódicas crisis coyunturales del capitalismo. Esta crisis estructural afecta a todo el planeta y no tiene ninguna senal de poder ser superada”. Para Mészáros -que participó en un panel en el FSM- la crisis se hace cada vez más profunda, sin dar tampoco signos de avanzar hacia su fin, lo que muestra la impotencia del capital para apuntar hacia las causas de sus contradicciones explosivas, no importa lo graves que éstas sean. Aquí todo se barre bajo la alfombra, con la esperanza que los problemas desaparezcan. Empero, lo que tenemos es una alfombra del tamano de una montana”. Se trata de una huída hacia adelante del capitalismo, que, a la vista de la economista francesa Susan George, es el claro sello de su decadencia. En 30 anos, dice, no había sentido que las amenazas sean tan enormes, sin embargo “nunca en estos 30 anos había estado tan optimista”. Para la economista, el neoliberalismo globalizado de la mano de George W. Bush ha superado todos los límites antes imaginados, no obstante observa con entusiasmo el fortalecimiento (como millones de hormigas) del movimiento social mundial. “El movimiento social está hoy formado mayoritariamente por sectores medios e intelectuales” reflexionó, por lo que ha llamado a los millares de activistas que la escuchan a traspasar las acciones hacia las clases trabajadoras. “La red de redes debe seguir expandiéndose y sólo las personas, el poder de las multitudes globalizadas, podrá cambiar las actuales políticas económicas”. George, que es una de las intelectuales antiglobalización mundiales más moderadas, rechaza, no obstante, cualquier posibilidad de transformar el capitalismo. “No comparto la tesis de la autorregulación, de la responsabilidad social de las empresas y todos esos discursos sobre la ética empresarial” dice. Puede suceder con algunas companías aisladas, concede, empero, “cuando actúan, lo hacen en grupo. “Qué mejor antecedente que la quiebra de Enron, en la que todos estaban involucrados, desde la empresa a las agencias clasificadoras -las mismas que castigan a los países en desarrollo-, desde el gobierno a los analistas y los periodistas financieros”. Este compoprtamiento de actuación colegiada no puede encontrar un mejor ejemplo que en la OMC o en políticas como los TRIPS para la propiedad intelectual o el GATS (General Agreement on Trade and Services). Un proceso que no sólo se observa en el comercio de bienes y otras mercancías, sino en áreas como la salud, el medioambiente y el agua. “bajo el alero de los distintos gobiernos, todo estará bajo el control de las transnacionales”.
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