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Crítica de helados:

La Vitamin de Valparaíso o los ojos sabor miel


Ella llora, le decía la radio e intentaba quedar incólume de tanto repaso en la memoria. “¿Siempre pasas las penas con helados?”. Si, dijo y me miró con desconcierto. Cada lágrima que caía en su rostro le limpiaba su piel, tan suave, tan tersa como las diminutas incrustaciones de celdas de masas que acompañaban su helado de hojas.


Por: Pablo Basadre
Fuente: PrimeraLínea

Casi al llegar a una esquina en la Avenida Pedro Montt, sentada en una de las mesitas que ofrece la Gelatería Vitamin se encontraba pasando las penas con un cono de helado. Su novio la dejó hace unos segundos, “¿penas con helados?”, le dije y con un gesto egoísta compartió algo de su tristeza. Por más que intenté concentrarme en lo que decía, en sus pequeños llantos nocturnos, era imposible desviar la vista de su barquillo.

 

Esa mañana, el sol traslucía en el cielo, con unos nubarrones que lo dejaban abochornado y ese típico calor climático, tan extraño. Pero cómo uno no iba a mirar, si los cristales de hielo que brillaban con esa escasa luz parecían agua en sus labios, cuando su paladar se derretía con el sabor de Crema de Mil Hojas de la heladería, según el colectivero, una de las “más ricas de Valpo”.

 

Ella llora, le decía la radio e intentaba quedar incólume de tanto repaso en la memoria. “¿Siempre pasas las penas con helados?”. Si, dijo y me miro con desconcierto. Cada lágrima que caía en su rostro le limpiaba su piel, tan suave, tan tersa como las diminutas incrustaciones de celdas de masas que acompañaban su helado de hojas. A pesar del bajón, la delicada textura de cremas que se fundía con el barquillo crujiente dejaba perplejo.

 

En ningún caso su helado se transformaba en un enemigo como el extremado dulce que habitualmente llevan estos pasteles. Aunque me maldigan los amantes de las tortas de la “mamá”. Pero aquí la de mil hojas se pone y se saca un sombrero. Qué desgracia, tan bella y tanto helado en la comisura de sus labios y yo mirándola y extasiándome son sus sabores.

 

Esto de hablar de helados siempre da para una historia. Los hielos tiernos y cremosos lo convertían en un helado grueso, artesanalmente congelado. Muy distinto a sus senos, que se asomaban tímidos en ese pequeño escote que traía. Se notaba que no tenía esa extrema dureza de una casata, también me percataba del disfrute que prendía al instante.

 

No tiene un aire, ni un aire en su mente ni en su helado. No están insuflados, pienso, como el otro día en Providencia, cuando comí uno que estaba marcado por el vicio de inflarlos para abultar su contenido. ¿Alguna vez se comieron un par de helados inflados? Lo peor que le puede pasar al ser humano, sobre todo si sufren de la helamanía que me ataca. Menos mal que aquí prima la consistencia por sobre el volumen.

 

En la Vitamin la chica de esa mañana olvidó el resto de los sabores, esas esencias que por lo tradicional se olvidan, pero que es donde se encuentra la clave de las artesanías frigoríficas: la piña, la lúcuma, el chocolate y sus derivaciones o el coco, se pueden paladear con mayor antojo.

 

“Cuando era chica mi papá nos llevaba a una heladería que quedaba en Macul con Irarrázabal, ¿existe todavía?”, Interroga sin levantar la vista. Aún no puedo verle los ojos, pienso, mientras le digo que sí. “Recuerdo que la lúcuma tenía diminutos trozos de ella que lucían rebosantes. Ah, pero a mi papá le gustaba con nueces”, decía con entusiasmo y parece que ya lograba dejar la pena de (he)lado.

 

En las afueras de la Vitamin, en la calle Pedro Montt, se puede degustar mejor el helado, sobre todo si le toca la calle entretenida, cuando la gente se apodera de la avenida y se montan escenarios y se venden burbujas de jabón y pequeñas piscinas para jugar a la pesca milagrosa, le comento y sigue con su cabeza baja, con sus ojitos pegados la piso.

 

Cuando nos despedíamos me invitó a probar el helado de Cola de Mono, un verdadero rescate a la bebida popular de fin de año, le digo muy en serio. Pastoso, mucha leche blanca y con un suave tono de alcohol, pero no lo tiene. Sólo leche y ninguna señal de materia grasa vegetal. “Hablas como si fueras un estudioso de los helados”, dice y me mira con sus ojos de color miel, producto del tono canela de su piel. Me gustan los helados, sólo eso y reímos para siempre.

 

 

Bien por la Vitamin. Precios: 500 por un helado simple, 700 uno doble y aumenta el precio según sus depravaciones frigoríficas. Avenida Pedro Montt 1746. Valparaíso.



Martes 28 de Enero de 2003
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