Simplemente apasionantes resultarían las escenas de un film que logre reflejar en imágenes la tensión y la profundidad del conflicto que subyace en los debates que se desarrollan simultáneamente en Porto Alegre y Davos. En un escenario está la protesta, en el otro las interrogantes; en el primero el rechazo al modelo neoliberal; en el otro, cierta conciencia de la responsabilidad que implica el ejercicio del poder político y económico. En ambos foros hay una cuota de incertidumbre, porque a esta altura del siglo XXI no hay recetas mágicas para los males de la humanidad, pero existe la convicción que se requiere el esfuerzo concertado de los líderes políticos y sociales, de los grandes empresarios, de académicos y expertos de todo el globo. La presencia del Presidente Luis Inacio Lula Da Silva en las reuniones del World Economic Forum (WEF) es una muestra patente de lo anterior. Pese a que sus partidarios le pidieron que no viajara a Suiza, “porque hemos probado que los temas esenciales para el mundo contemporáneo son discutidos en Porto Alegre” –le dijeron-, el Presidente de Brasil se trasladó hasta Davos, donde anoche estaba programada, con su presencia, la Cena Iberoamericana junto a las principales líderes del continente, entre ellos, el ministro del Interior José Miguel Insulza. Es que es justamente en este escenario en el que participan políticos, académicos, religiosos y representantes de las grandes compañías internacionales, donde la opinión de América Latina no puede faltar. Allí hay que mostrar con sólidas argumentaciones que el “turbocapitalismo” (como lo define Edward Luttwak en el libro del mismo nombre, Ed.Crítica, Barcelona, 2000) fracasó. Es decir, que falló el esquema de los que exigen un sistema de empresa privada liberada de regulaciones gubernamentales, sin un control de sindicatos efectivos; de los que reclaman con insistencia la privatización de todos los negocios en manos del Estado; y la conversión de las instituciones públicas –desde el jardín botánico hasta los centros geriátricos-, en empresas privadas dirigidas al lucro. Así define Luttwak la forma que adoptó el capitalismo después de los años 80, en un esquema que es preciso repensar. Los detractores del WEF insisten en que éste es el lugar de reunión de los grandes magnates del neoliberalismo mundial, coherentes con el economicismo y antagónicos con las motivaciones de quienes creen que “otro mundo es posible” y que éste se encuentra en lo social. Pero a juzgar por las preguntas contenidas en la convocatoria a los cinco principales paneles de la cita mundial, la incertidumbre sobre el futuro es ampliamente compartida y hay cierto dramatismo en la urgencia por las respuestas. Cualquier ciudadano común en Africa, Asia, o América Latina podría formular a sus líderes las interrogantes que éstos debaten en Davos. ¿Qué podrían hacer las grandes compañías internacionales para evitar el incremento de la pobreza y el deterioro del medio ambiente? ¿Cómo se puede restablecer la confianza en las instituciones políticas y qué deben hacer los dirigentes políticos para tener éxito en sus gestión? ¿Qué se puede hacer para impedir la peligrosa desaparición de la clase media? y ¿Cuáles serán las consecuencias económicas y políticas de una guerra contra Irak? Las preguntas no son nuevas, pero este no es cualquier debate, porque la reunión anual del WEF es una oportunidad privilegiada para que los líderes políticos reflexionen sobre su propia práctica, y en convergencia con los grupos de expertos e intermediarios de las ideas, analicen las luces y sombras de la economía global. El eje ordenador de la reunión anual del WEF, que comenzó el jueves y termina el martes, es la “Construcción de Confianza”, tema que es analizado en cinco ejes temáticos: “Desafíos Corporativos”, “Economía Global”, “Gobernabilidad Global”, “Seguridad y Geopolíticas”, y “Confianza y Valores”. El cómo vincular el conocimiento con el ejercicio del poder es un tema teórico, pero también una aspiración práctica de la política actual. En general, las instituciones de asesoría técnica no han logrado dar mayor sustentabilidad a la política. Sin embargo, resulta evidente que ni los esquemas teóricos por sí mismos, ni la práctica política desprovista de estudio y de reflexión, son caminos transitables para quienes tienen la responsabilidad del poder. El ministro Insulza lamentó ayer que la presencia chilena en Davos no hubiera sido más amplia y que más empresarios hubieran concurrido al foro para dar a conocer los acuerdos de libre comercio suscritos recientemente, una fórmula que apuesta a traer respuestas positivas a muchos de los debates que se desarrollan en ese evento. Además de participar en los debates y de participar como coordinador en el panel “Mejorando la cooperación público-privada para determinar los nuevos desafíos de seguridad en materia de infraestructura y tecnología de la información”, el ministro está desarrollando una serie de encuentros bilaterales. Entre ellos, uno con el director del WEF, el uruguayo José María Figueres, y con el ministro de RR.EE. de Australia, Alexander Downer. Una de las citas más importantes se desarrolló anoche, cuando participó en la Cena Iberoamericana. Allí estuvo presente el Presidente de Brasil, el de Bolivia, el de Colombia y el de Perú; el ministro de Economía de Portugal y los cancilleres de Brasil, Colombia, México, España, entre otras destacadas personalidades.
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