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Rafael Courtoisie, el profesor del joven Raúl


En exclusiva, el escritor uruguayo conversó con Primera Línea de su novela Tajos, donde recuerda a Raúl, su alumno adicto a las navajas. Experto en logaritmos, ecuaciones de segundo grado y el número "i", acaba de ganar el Premio de Poesía Jaime Sabines.


Fuente: PrimeraLínea

Por Andrés Rosso Savoia

 

El joven Raúl está sentado en la mesa del living de Rafael Courtoisie (1958). Es verano y el escritor y profesor Courtoisie se lamenta de estar en casa y no viajando, lo que más le gusta hacer. Mientras Raúl concentra su mente en el despeje de una ecuación, él vuelve a pasar por su corazón la Selva Amazónica y el desierto del Néguev, cerca de la ciudad de Arad, a orillas del Mar Muerto.

 

Son las tres p.m. y también lamenta no estar escuchando La Tarde de Diamante, en la homónima radio que esparce su música por todo Montevideo. Aunque ver a Raúl empeñándose con habilidad en el ejercicio, y sacarlo finalmente, logra calmarlo un poco más.

 

Courtoisie sabe que el chico es más listo de lo que aparenta. Pese a que no se considera un especialista en comportamientos humanos, y aunque efectivamente el alumno es extraño, más callado de lo normal –en ocasiones saca navajas que agita en el aire; se jacta de usarlas como un ninja-, se atreve a pensar que no es oligofrénico, como algunos de sus amigos creen, según Raúl le confesó. Es más, “su coeficiente intelectual parece ligeramente superior a la media; no tuvo problemas para comprender las abstracciones de la asignatura", dice Courtoisie mientras Raúl desplaza la hoja de matemáticas hacia su cuerpo, completamente resuelta.

 

Una semana después, la misma escena se repite. Lo que ha cambiado es la temperatura en Montevideo. Esta vez cae en la ciudad una tormenta tropical.

 

Rafael Courtoisie

Raúl entra empapado al departamento de Rafael Courtoisie. El profesor, amable y paternal, le entrega una toalla para que se seque. Viendo que no soluciona mucho, Raúl le pide el baño. Pasan diez minutos en que el escritor uruguayo, reciente ganador del connotado premio de poesía Jaime Sabines –también ha ganado el Premio del Ministerio de Cultura de Uruguay; el Premio Plural, México; Premio Loewe, España, etcétera-, mira por la ventana los rabos de nube que se ensañan con la ciudad.

 

Una vez afuera, Raúl, más repuesto, se aboca de lleno a los desafíos matemáticos del profesor Courtoisie. Transcurre una hora y la clase termina. “Otra vez a la lluvia, Raúl. Andá con cuidado", le dice, antes de verlo perderse entre la ráfaga de agua que cae desde el cielo.

 

Pero cuando entró a su propio baño y descubrió que el muchacho había destrozado la toalla que le había prestado, se descompuso. “Estaba hecha jirones, completamente tajeada, separada en finas tiritas, en hilachas. Parecía la bandera de un ejército penosamente derrotado junto al inodoro", le contaría a un amigo, días después.

 

Lo anterior ocurrió varios años atrás, cuando el escritor Rafael Courtoisie vivía los años más negros del Uruguay. Debía sobrevivir, alternando sus publicaciones, con una serie de clases particulares, a “grupos de diverso nivel. Desde liceales a estudiantes de ingeniería electrónica que se complicaban malamente la vida, tropezando con la Transformada de Laplace o con el cálculo matricial de funciones, o con las potencias de base real y exponente matricial; esas lindezas. El cálculo diferencial y el integral eran para mí el abecedario, como enseñar las vocales. Por eso se daban diversos grupos de alumnos, diversos perfiles. Se trataba de una fauna variada, multicolor", cuenta Courtoisie desde Montevideo, desmadejando la historia real que gatilló “Tajos", novela que ya está en Chile (más una serie de cuentos en el libro homónimo), bajo el sello español Lengua de Trapo.

 

“Durante bastante tiempo, di clases particulares de matemáticas. Me volvía loco. Todo el día, todo el día: geometría analítica, geometría descriptiva, análisis matemático, logaritmos neperianos, algoritmos. Había desarrollado métodos muy prácticos para enseñar cómo hacer el Estudio Analítico y la Representación Gráfica de una Función. Por eso tenía muchos alumnos particulares. Era una época en que eso era rentable y divertido", detalla Courtoisie, quien en “Tajos" inmortaliza a Raúl, a través de un personaje que pierde a su abuela y comienza a repartir tajos adentro de un supermercado, otorgándoles vida a los productos mientras se van desangrando.

 

“Conocí al alumno de marras durante dos años. Era alumno liceal y debía dos exámenes para los que lo preparé con éxito. En los calurosos días el chico mostraba sus navajas, a falta de garras; pobrecito. Eran sus instrumentos para conversar con el mundo y, según me confesó, sentía una verdadera compulsión por cortar algunas cosas que se le ponían enfrente. Era un muchacho de tez blanca, casi pálido, menudo, de largas pestañas y expresión abismada. Daba largos pasos de adolescente atribulado", confiesa Courtoisie, volviendo su relato digno de una película surrealista.

 

-Un alumno tuyo gatilló la escritura de Tajos. Creaste a Raúl a partir de él. ¿Qué simbolismo pretendías lograr con su arremetida brutal en el supermercado?

-El protagonista es Raúl, un adolescente de estas ciudades del tercer milenio, atribulado, compungido por la pérdida del paraíso, o de lo que él cree que lo fue. Está desconsolado por la muerte de su abuela. A nivel simbólico, esa es de algún modo la pérdida de los sueños, de las ilusiones de antes de la postmodernidad. Pero a nivel concreto el personaje se inspira en varios adolescentes reales, de carne y hueso, que conocí hace muchos años, cuando daba clases de matemática (al parecer la literatura atrae otro tipo de locura, no menos violenta, pero diferente). En especial me basé en un ex alumno que me envió hace poco, desde un lugar del Caribe, una foto suya. Aparece en la playa, con una especie de machete de acero en la mano, cerca de la orilla, rodeado de los cuerpos ensangrentados de varios tiburones de más de tres metros... la imagen es alucinante. Y debo aclarar que este chico de la vida real ya no es un adolescente, debe tener más de treinta años. Cuando lo conocí se dedicaba a tajear todo lo que encontraba a su paso: cortinas, bolsas, tapizado de sillas y sillones... supongo que creció y evolucionó. No sé a qué se dedique ahora... Más vale no saber.

 

Respecto de los productos del supermercado, la sociedad de consumo, este mundo, cosifica, hace de todo un objeto. Raúl, a pesar de destruir, tal vez sin proponérselo, devuelve vida y majestad a los objetos, los coloca en función de una dignidad que han perdido. A su manera es un cruzado, humaniza el supermercado, lo hace de una medida poética y vital, pues da vida a las cosas que tajea.

 

-La manera en que narras Tajos, y otras historias de dicho libro, están muy emparentadas con la poesía. Acabas de ganar el premio Jaime Sabines, por lo tanto, la ligazón es comprensible, ya que es un género en el que has trabajado por mucho tiempo. Cuando sacas un libro de poemas, ¿también existe ese nexo con la narrativa?

-Creo que el tema de los géneros ha sido y es discutible. Y siempre se puede profundizar en su definición. Decía un caro amigo que el problema de los géneros sólo le interesa a los sastres, a los vendedores de tela por metro y a algunos críticos literarios. Tal vez sea un problema de verdad interesante. En mis clases de guión cinematográfico he propuesto muchas veces el tema de los géneros, resignificado en la cultura audiovisual. Lo cierto es que a la hora de narrar una historia, si no cuento con el motor de la poesía, con la energía oculta y luminosa de las palabras, me parece que no vale la pena. En términos de Jakobson, toda creación literaria sería “función poética’’.

 

-En Chile, cuando se habla de literatura uruguaya, de inmediato los lectores piensan en Benedetti, y sólo unos pocos en Onetti. Sin embargo, el espectro es mayor. ¿Cuáles son los nuevos valores, los escritores de calidad que han sido tapados por la sombre de Benedetti?

-No creo que ninguna figura tape impunemente a otras que vienen después y que esas “tapadas’’ sean víctimas, corderitos ingenuos del tapador. El arte no es ingenuo. Ni siquiera la literatura. Ni siquiera la poesía. No le echemos culpas a Benedetti de las fallas de nuestro propio proyecto, de la inmadurez e indecisión, de no vernos más que el ombligo y eso apenas, solamente bajo el rayo de sol del mediodía y en ayunas. Los dadaístas inventaron el paraguas y se dieron a conocer... Los chinos inventaron la pólvora y más de un habitante del mundo ha estallado en su pimienta explosiva desde entonces. Un proyecto, una obra literaria es más que escritura, es discurso. El discurso es texto y entorno. Y lucidez. Articulación verbal sobre una realidad mediata y a la vez sobre otra inmediata. Pero daré nombres importantes, transcendentes: Tomas de Mattos, quien después de vender más de cuarenta mil ejemplares, con "¡Bernabé, Bernabé!", su famosa novela sobre el exterminio de los charrúas, quema las naves y se atreve a escribir un evangelio según de Mattos, un libro de más de mil páginas que acaba de ser publicado y se llama "La puerta de la misericordia", sencillamente una maravilla de audacia y talento en estos lares. Mario Delgado, quien con su novela histórica ha introducido la ternura y el humor en un continente que se volvía cada vez más solemne. Marosa di Giorgio, una druida uruguaya, una sacerdotisa poética de pies alados y pelo rojo, con sus diademas y sus alucinantes "Papeles Salvajes". Amanda Berenguer, poeta proteica y prometeica, perteneciente como Benedetti a la generación del 45, quien acaba de publicar su obra completa bajo el título de "Constelación del Navío"... Y no puedo dejar de mencionar un muchachito afable, algo tímido, de unos ochenta años, que sigue escribiendo y que a pesar de su fama pocos conocen, llamado Benedetti.



Lunes 27 de Enero de 2003
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