Por tercer año consecutivo, el Foro Social Mundial de Porto Alegre se instala en enero como el referente paralelo -y antagónico- al evento empresarial que tradicionalmente ha ocupado la ciudad suiza de Davos. Si en el corazón de Europa hoy se festeja un nuevo cónclave del sector privado transnacionalizado, por cierto bien apuntalado por el establishment político, en la ciudad brasileña los outsiders, las multitudes marginadas celebran una nueva cita anual. La muestra de Davos es, además de simbólica, selecta. Bill Gates es la estrella que rutila en el universo, fulgor que se expande hacia otros conscipuos oficiantes de la globalización, tal como Douglas Draft, el presidente de Coca-Cola. El evento se abre hacia representantes políticos -una veintena de jefes de Estado y gobierno- más otras decenas de altos funcionarios, en nuestro caso, con José Miguel Insulza. En apariencia, en esta oportunidad habrá un infiltrado. El presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, llegó al exclusivo club de Davos desde el Foro de los pobres y arrinconados de Porto Alegre. Antes de viajar a Suiza, el ex obrero prometó a cien mil activistas sociales de todo el mundo que viaja a Davos para demandar del gran capital una solución a los verdaderos problemas del mundo. La acción de Lula ¿es simplemente una señal, un acto coreográfico, o la expresión de un discurso que abre el camino a la reacción furibunda contra el neoliberalismo? A estas alturas, con escasas tres semanas de gobierno, no es posible obtener una respuesta. Pero puede distinguirse que en tres años, el evento de Porto Alegre ha pasado de ser una cita de activistas sociales e intelectuales de izquierda a convertirse en un panel de debate para la acción política. La presencia protagónica del presidente Lula en el Foro y la visita que ayer realizó a Porto Alegre Hugo Chávez son signos palmarios de este giro. Si nos extendemos un poco por la región, podemos ver también a Ecuador. Y si nos ampliamos en el tiempo, es posible observar cambios en esta dirección también en Uruguay, quizá Argentina y Bolivia. Por cierto que América Latina no es hoy la misma que hace tres años. No se trata de un cambio menor, de una anécdota propia del devenir político. La base de estas transformaciones hay que buscarlas tal vez no en el acceso de nuevas corrientes ideológicas -aun cuando no es irrelevante la emergencia de éstas- sino en la progresiva fractura y descrédito del modelo neoliberal. Sin una línea clara que separe a los partidos tradicionales liberales y socialdemócratas, lo que hoy ha accedido al poder en la región son los outsiders de la política. Los casos de Brasil, Venezuela y Ecuador no pueden ser más emblemáticos. Al otro lado del Atlántico, el discurso sigue por su clásico sendero. Las inquietudes que desvelan a Davos son las mismas que hemos venido oyendo por décadas: los obstáculos al crecimiento, que, para aquellas cúpulas, son las barreras a la expansión del hoy capitalismo globalizado, temores, por cierto, muy bien publicitados en nuestro país. Los miedos del sector privado han pasado a ser los trastornos de nuestras autoridades, y, por una extensión muy bien diseñada por la prensa empresarial, también nuestros desvelos. Una prensa que, por cierto, ha logrado, hasta el momento, caricaturizar el Foro Social -y en el caso de Chile ignorarlo- como un carnaval de anarquistas y minorías pintorescas de toda calaña. El Foro Económico Mundial, club financiado por las mayores corporaciones mundiales, no puede tener, por cierto, otro tipo de inquietudes. Los oficiantes del capitalismo sólo pueden velar por sus accionistas, por la rentabilidad de sus operaciones. Así es como el principal miedo lo vislumbran hoy en el Oriente Medio, por el inminente ataque de Estados Unidos y sus incondicionales contra Irak. Lo que lamentan los empresarios no es la muerte de miles de civiles ni la internacionalización de un conflicto, sino los efectos que una guerra en esta región pueda tener sobre el precio del petróleo y su eventual freno en el crecimiento de la economía mundial. Una expansión que, tras más de una década de pleno vigor neoliberal, sólo ha beneficiado a las grandes corporaciones. Ni a las economías nacionales, ni a los endeudados empresarios (pequeños y medianos), ni a los trabajadores ni a los asediados consumidores. Lo grave es la aquiescencia con que observan estas acciones y discursos los líderes políticos mundiales, un estado de conformidad y de no menor servilismo que Lula pretende alterar. El ex dirigente sindical quiere llevar la voz de los pobres y los marginados a Davos, introducir como una cuña, una espina incómoda, el clamor de las multitudes. Su palabra, aunque suene como un exabrupto en los brillantes salones suizos, no podrá ser ignorada. Ha obtenido una de las mayorías electorales históricas de Brasil, la novena economía mundial que es hoy ejemplo de primer orden de los estragos del neoliberalismo.
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