Se me había olvidado. De tanto huir se me había olvidado. Sólo un amigo entrañable que está en mi vida sin representar riesgos podía entrar en mi cama y brindarme un despertar que eludiera la inefable rutina de amores fugaces y amantes ocasionales. Fue así: estábamos solos y necesitábamos unos brazos que rodearan nuestros cuerpos sin amenazar nuestra existencia. Su deliciosa humanidad olía a jabón y apenas cruzó el umbral de la puerta me subió hasta su cintura para acariciar mis pechos y besar con fuerza mi boca. Se rió estridente de los nervios que tensionaban mis músculos y me depositó en la cama para sacarme la ropa diciéndome lo bueno que era estar conmigo. Hicimos el amor como una pareja antigua, de esas que se conocen las redondeces y voluptuosidades. Todavía yo no sabía que incluso él trastocaría mis costumbres de treintona renegada y me sorprendí cuando buscó el control remoto de la tele para ver los goles de la jornada. Sin complejos propuso que apenas terminaran nos acostáramos a dormir. Debo confesarlo: de tanto criticar las mañas masculinas una queda atrapada en el mismo juego cuando se trata de las personalísimas costumbres con que coronamos nuestro lecho. A mi me gusta encremarme la cara con desparpajo para sacarme la pintura y masajear mis pies hasta borrar las huellas de los tacos. Me muevo cien veces hasta encontrar la postura exacta en que la almohada acogerá mi cabeza y para que el calor sea de 30 grados me tapo con fruición para que ningún aire travieso enfrié mi cuerpo. Pero de a dos algunos hábitos son impracticables. Hay que compartir las cobijas y resistir el soplido de otra boca dormida, como una corriente cálida que cae justo sobre tu rostro en el lugar que antes te resultaba más cómodo. Ya daba todo por perdido cuando sus brazos largos me atrajeron hacia su cuerpo para envolverme con una dulce cucharita, que alcanzó la plenitud del bienestar con el beso que delicadamente depositó en mi nuca. Pensé que era una estúpida al haber desechado tanto tiempo este placer compartido y me dejé ir en un sueño dulce y tibio que duró exactamente hasta que un estridente ronquido me dejó pegada en el techo. Estaba preparada para todo, menos para eso. Me había olvidado de esos sonidos guturales a la altura del oído que sólo se interrumpen ocasionalmente cuando una logra ladear el cuerpo de su compañero. Lo intenté una, dos, tres veces, hasta que comprendí que esa noche no podría dormir. Entonces me dediqué a recorrer su piel con mis dedos aprovechando que estaba a mi merced, disfrutando de su inconsciente voluntad de convertirme en su prisionera y en la reacción espontánea de su pene ante mi roce. Era una paga justa para una noche de insomnio a mitad de semana, pero si he de ser sincera, nada mejor que la exclusividad en la cama de dos plazas donde desplegar el cuerpo en toda su magnificencia. Amores puertas afuera me dije, tiene que ser mucho el amor para meter un hombre en tu cama.
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