Influenciada por la sensiblera parodia de la tele abrí con pánico el closet. Mi misión: encontrar el traje de baño, el mismo pedazo de tela verde manzana que lleva conmigo tres temporadas. Ni hablar de comprar otro. Claro, si hasta plancha me da entrar a una tienda con la distancia que me separa del estereotipo femenino ideal, medible a simple vista por dos neumáticos de distancia. Con mi mano tembleque frente al inminente desastre, extraje del caótico ropaje el único objeto capaz de hacerme sufrir por mis múltiples y reiterados pecados calóricos. Hay que reconocerlo. A eso de las ocho de la tarde los completos del Dominó son una bendición y no hay como unos pedacitos de Sahne Nuss cuando una está triste, o un pastel de panqueque chocolate durante la tarde del domingo, para aplacar la inminencia del lunes y su mar de adversas obligaciones. Y súmenle al paquete toda esa gula incentivada por el entorno eminentemente masculino, que se ve liberado de la tiranía de la moda que jamás se detiene en los abultados abdómenes de los machos. El resultado está a la vista. Para la mala pata de una, la playa se asocia siempre con bikinis, cuerpos delgados y pieles soleadas. Rara vez las cámaras se concentran en el océano y nunca, pero nunca nunca, en una mina común y corriente con rollitos y todo, a no ser que sea la clásica señora guatona que come un huevo duro o un pan de huevo. Y el mono sólo va si de ejemplificar el mundo popular se trata. Estaba a punto de caer en una abierta y franca depresión calórica cuando recordé al tipo que el otro día me siguió una cuadra completita en el centro, sólo para decirme “eres estupenda”, y luego se encargó de escoltarme hasta la misma puerta del banco con una sonrisa. Lucía para el público mi vestido negro cortito, con un gran escote y un atrevido tajo al lado, coronado todo con un pañuelo de gasa en el cuello –también negro-, lentes oscuros y labios ad hoc. Después de castigarme por haberle dedicado sólo una sonrisa a tan digno admirador callejero, tomé el teléfono y empecé a hacer una encuesta entre mis cercanos: ¿qué te exita?. Acostumbrados ya a mi desenfado extremo ninguno se espantó y así fui descubriendo esos secretos...¡vitales! Uno me dijo de rompe y raja “las chalas”. “Nada como un pie de uñas cuidadas que se dejan ver detrás de las correas pequeñas e insinúan una planta rosada y suavecita para exitarme”, soñó mientras yo imaginaba que su primer acto de placer era ¡desatar hebillas!. El otro fue más común, pero no por eso menos auspicioso. Sus ojos se quedan pegados ante todo botón voluntaria o involuntariamente abierto, que muestre un trozo de cuerpo prohibido. Mejor todavía si es una porción de voluminosos senos. Y la lista siguió con las poleras mojadas sin sostenes, las transparencias y el perfume. Para alivio de todas las chilenas que no se desviven entre las dietas y el gimnasio, ninguno mencionó las flacas esqueléticas, porque aunque todos los miran codiciosos, a la hora de los quiubos la sugestión que desata la imaginaría sexual se lleva los premiados. Provocadoramente satisfecha, metí el estúpido traje baño en la maleta y decidí que este verano abriría el período de caza en la noche, en la barra del bar donde mejor me acomoda. Total, la playa siempre ha sido un buen lugar para dormir.
|