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Goma de mascar: Lágrimas de grasa


Otra de las suicidas se llamaba Marta. Era gorda, con excesivo sobrepeso y, por razones obvias, no era del gusto de los hombres, según concluyó Magali. Sólo se le conocía una pareja durante toda su vida, un pintor colombiano que la usaba de modelo.


Fuente: PrimeraLínea

Por Andrés Rosso Savoia

 

Si estás con Magali es difícil eludir el imán de la muerte. Por eso mientras cenábamos en mi departamento, aprovechamos de conversar largo y tendido sobre su afición y las distintas versiones del suicidio.

 

Para ella los suicidas se dividen en dos grandes versiones, los que dejan carta de despedida y los que quieren irse con la mayor discreción posible. Aunque también distingue subdivisiones, donde la personalidad del ejecutante, el nivel de creatividad y las causas del acto pueden diferenciar a ese oscuro mar de personas que llamamos simplemente suicidas.

 

Magali tiene varios amigos cercanos que se han matado. Y reconoce que los encuentros son a la medida y que no es casual ver tanta soga rondando por su grupo. Por lo mismo no descarta que en el futuro mediato siga esa senda. “Tienes que desconfiar de alguien que nunca ha pensado en matarse", sentenció.

 

Una de sus amigas saltó de un puente. Esperó la llegada del primer día de primavera y luego de escribir una carta -donde se preocupaba de aspectos domésticos, como “la copia de la llave del auto está adentro del florero azul; no olviden darle de comer a Pluto"- se acercó a la orilla del río que atraviesa la ciudad para brincar. Hubo gente que trató de persuadirla esa tarde, mientras otros llamaban a la policía o a los bomberos. “Pero no había forma de parar su trayectoria. Tenía claras razones para terminar de morir", dijo Magali, tomando un respiro después de repensar a su amiga.

 

Otra de las suicidas se llamaba Marta. Era gorda, con excesivo sobrepeso y, por razones obvias, no era del gusto de los hombres, según concluyó Magali. Sólo se le conocía una pareja durante toda su vida, un pintor colombiano que la usaba de modelo. En su taller disponía de Marta como si hubiese sido de un muñeco con el que puedes jugar a vestirlo. Le ponía traje de torero, de araucano, de Sancho Panza, de sirena; lo inimaginable. Para luego pintarla desproporcionadamente, con sus extremidades muchos más rollizas, al estilo de un elefante. Con el tiempo el pintor se aburrió de Marta -ya la había pintado demasiado- y decidió cortar con ella. Años después ese hombre se haría muy famoso, no sólo en su país, sino que en el mundo entero, con sus gordas figuras.

 

Después del quiebre con el artista, Marta intentó vivir el duelo. Tomó hora con el siquiatra de una amiga y éste le recomendó sacar provecho positivo de esa relación. No tenía por qué seguir siendo gorda toda la vida. A juicio del especialista todo pasaba por la gordura, la que había sepultado su autoestima durante todos esos años. Así comenzó una dieta estricta, complementada con reiki y flores de Bach. Un par de ocasiones intentó salir a trotar -siempre envidió a los corredores de fondo-, pero siempre volvía con las rodillas destrozadas. Se dio cuenta que lo suyo era simplemente no comer.

 

Para lograr la meta, comenzó a realizar drásticos cambios en su departamento. Botó a la basura todos los volantes de comida a domicilio que había desperdigados por su casa. Para pizza, sushi, sandwichs, pastas, paellas, pasteles o tortas. Vació el refrigerador y lo llenó con agua mineral sin gas. No quería hincharse tampoco. La sensación de estar inflada le causaba un dejo de derrota. Tiró a la basura los libros que se vinculaban con manjares culinarios, las recetas de cocina, los tallarines, fideos; la comida del antiguo perro salchicha; la caja de bombones para paliar las depresiones: el azúcar, las hamburguesas congeladas, el jamón serrano, el queso gauda, las vienesas, el pan de molde integral.

 

Las páginas amarillas las quemó a modo de exorcismo. Y en la guía residencial, tachó todas las personas que tuvieran que ver con el peligro, ya que tenía como deporte hacer pitanzas telefónicas. Fingía ser otra persona, casi siempre con una voz más aguda, de mujer delgada. Así rayó con lápiz negro: Aceitón Jara Alex; Aceituno Garrido Susan; Aceto Toro Miguel; Alcoholado Arjona Alberto; Alegre Castro Elizabeth (le recordaba la chirimoya); Almendra Espinoza Arturo; Alzamora Ahumada Adolfo; Andía Gutiérrez Samuel (sabía que al primer apellido le falta una "s", pero la cercanía podía ser fatal); Apiolaza Durán Cristian; Arroz Fuentes Humberto; Baghetti Tapia Italo; Bar Meyer Juan (el alcohol tiene muchísimas calorías y te puede matar); Cabra Urriola Ana (el queso era una de sus debilidades); Cainupán M. Tegualda; Caldo Muttoni Paolo; Cena Portilla Gloria; Centeno Aparicio Abel; Coma Y. Luis; Compán Montes María; Cordero Novoa Ada; Currie Ortiz William; De la Maza Caro Nelda; Dios Vidal Alejandro (ese apellido no tenía nada que ver con comida, pero definitivamente ya no creía en él); Frutos Martínez Bruno; Gallinato Cintolesi María; Gallo Beltrán Jaime; Gordo Carcedo Luis (por razones obvias); Granada Riquelme Jorge; Gula Marchant Néstor; Hamburguer Araya Pablo; Jugo Marina María; Koscina Pardo Dánica; Lechuga Donoso Joaquín...

 

Marta pensó que con todos esos cambios en su vida lograría bajar de peso. Y por ende que volvería a ser feliz, como en los mejores tiempos con su pintor. Efectivamente redujo cuarenta kilos. Se sentía otra, aunque bastó que se mirara frente al espejo para darse cuenta que su pellejo seguía siendo el de la gorda Marta. Le colgaba el cuero de manera grotesca. Y eso no lo soportó. Por ningún motivo iría al quirófano para sacárselo. Le tenía pavor a las jeringas. Luego de cinco meses de régimen intensivo, decidió morir desangrada. Ocupó un cuchillo cocinero y se rebanó la panza. Antes de perder la conciencia alcanzó a ver su vientre sin esas lágrimas de grasa.

 

- Tú y tus amiguitos... Con la historia se me quitaron las ganas de comer -le dije a Magali, apartando el plato. Ella sin ningún asco untaba con ketchup un pedazo de tocino.

- Deberías ser más cortés. Preparé este banquete especialmente para ti.

- ¿Por qué tanto interés?

- Tienes tu ego también... Bueno, tú sabes, los dos estamos solos, vivimos en el mismo edificio, nos llevamos bien...

- No entiendo -afirmé fingiendo absoluta ignorancia.

- Eres como un niño al que hay que explicarle todo con manzanitas.

 

Magali fue a la cocina y trajo dos manzanas rojas. Como si hubiese estudiado para ser mimo, comenzó a mover las frutas por separado, como si éstas tuvieran vida propia. Las hizo caminar despreocupadamente. Y con sutileza las fue acercando. Una vez enfrentadas, como si hubiese sido un ventrílocuo, imitó la voz de una mujer y la de un hombre manzana. Magali estaba definitivamente desquiciada. Porque no siendo suficiente lo anterior, las hizo copular: partió ambas manzanas, eligió una mitad de cada una y las juntó carne con carne, apretándolas como una enferma, hasta que las mitades comenzaron a gotear su néctar.

 

- ¿Y bien? ¿Entendió el bebé?

- No me gusta el jugo de manzana, Magali.

- ¡Pero esto sí te va a gustar!

 

La taza de té se estrelló contra el piso, tres torrejas de jamón quedaron en mi entrepierna, mientras Magali gateaba sobre la mesa como una pantera. Tenía los senos al aire, bamboleantes y nuevamente sentí temor del futuro. A horcajadas se sentó sobre mí -yo estaba petrificado en la silla-, bajó el cierre de mi pantalón, se subió su falda y se penetró. Tanta violencia con las manzanas había logrado excitarme, como cuando pequeño me ocurría cada vez que mis padres me llevaban al zoológico. Me pidió que la golpeara en el trasero y en su rostro. Parece que lo hice sin gracia ni convencimiento, porque me escupió el rostro. Me gritó que los maricones no sabían pegar. Yo me puse rabioso, demasiado quizás, y le tiré el pelo hasta hacerla gritar. Al mismo tiempo con la otra mano enterraba mi dedo índice en su ano. No sé qué me pasó. No era yo.

 

La demencia mutua duró diez minutos. A ella le gustó, a mí no. Yo sólo logré sacarme del cuerpo un poco de semen y dejar atrás mis tensiones más superficiales. Aunque también llegué a la práctica conclusión de que yo no estaba tan lejos del paso final de la pesadilla humana. Soy uno más de esos posibles suicidas.

 

Para comentarios escriba a: gomademascardeliciosa@latinmail.com



Martes 21 de Enero de 2003
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