Por: Oliverio Nesta A los treinta y tantos hay que vivir muy deprisa. Demasiado rápido como para quedarse pegado mirando una nariz con pecas, unos ojos negros tristes, un par de seductores granos en la cara o unos dientes que se salen de la boca de pura risa. Incluso, algunas noches he llegado a pensar que a esta edad es demasiado desolada la vida sin una banda sonora de fondo, sin canciones que le hagan un guiño a los recuerdos, a los que duelen y a los que te vuelven a hacer inmensamente feliz. El jueves estaba recorriendo mi casa como si nunca hubiese vivido en ella, cuando vi ese viejo libro de Benedetti que compré en Valparaíso, en una librería de viejitos. Cuando lo abrí sólo atiné a pensar que hace años no hubiese dejado pasar tanto tiempo sin leer algunos poemas, los mismos que me trataba de aprender de memoria cuando aún creía que uno podía morir de amor. En ese tiempo, cuando podía distinguir claramente que la cuenta de Somela era mucho menos importante que una caricia en el pelo, cuando sabía que un spot de Bansander no se comparaba con los abrazos de las noches de invierno, cuando no hay estufa, ni Scaldasono, ni nada, solo un par de cuerpos para compartir. A Emilia le pregunté si alguna vez podríamos enamorarnos como cuando éramos más chicos. Se quedó pensativa un buen rato. “Quiero que seas feliz, es lo único que quiero. Si eso implica que no estés aquí, bueno, qué hacer”, me dijo muy segura. Estaba tendida desnuda sobre la cama, se veía linda. Tomaba en una botella de plástico un sorbo de esa agua tónica que es muy amarga y a la que suelo decirle veneno. “A ti no te gusta esta agüita porque eres un niño. Tienes gusto de cabro chico y también sus manías y mañas. No sé por qué te quiero tanto ”,alegaba mientras iba camino al refrigerador, su refrigerador. Ese que nunca tiene nada, aparte de unos congelados y unas frutas arrugadas por el paso del tiempo. De la radio salía la música del fatídico Alberto Plaza, así que le grité, le rogué, que lo cambiara y se apiadó de mí con un certero CD de Víctor Heredia. ¡Putas que hacía tiempo que no escuchaba a Heredia! Hasta me puse melancólico cuando cantó Fogata de Amor (Para aligerar este duro peso de nuestros días /esta soledad que llevamos todos islas perdidas /para descartar esta sensación de perderlo todo /para analizar por dónde seguir y elegir el modo /para aligerar, para descartar, para analizar y considerar /sólo me hace falta que estés aquí con tus ojos claros /¡ay! fogata de amor y guía, razón de vivir mi vida). “¿Qué te pasa, te acordaste de un antigua amor?”, me preguntó riéndose mientras estiraba frente a mis ojos unos gajos de uva. “No, qué amor. Además, no como de esa uva que no tiene pepas. Es como los besos sin saliva, son muy fomes, no son de verdad ”,le dije convencido en mi tesis de que los verdaderos besos son los que te dejan bien mojado alrededor de los labios. Y los que dejan harta saliva hacia la pera son los más ricos, son algo así como inolvidables. “Bien con saliva, así, con mucha, mucha saliva ”,me decía mientras me langueteaba la boca, los ojos, la nariz y todo lo demás. Sus caderas se veían brillantes por la pequeña luz que entra desde la ventana y que apenas ilumina una porción de la cama. Quedamos rendidos. Al otro día me fui temprano, más de lo que imaginaba. “Llámame ”,susurró medio dormida, con los ojos cerrados, cuando me alejaba. “Oliverio, ¿por qué siempre estás escapando?, me preguntó Marco a la hora de almuerzo en el bar El Toro. “Será porque un compromiso equivale a morirse un poco ”, le dije mientras me devoraba los canelones de espinaca. Me miró y me habló de las pocas certezas de nuestra generación, de que la felicidad estaba adentro y no afuera, y de que la vida era de a dos a pesar de las huellas. La verdad es que ese espíritu de filósofo urbano de Marco me descoloca, pero debo decir que esta vez le estaba encontrando algo de sentido. “Mira, las mujeres que pasan por la vida de uno siempre implican un costo, por lo general alto. ¿Quién paga todas las nostalgias, las angustias, las culpas, el desamor?, me comentaba Marco, con voz de rudo conocedor, pero que en realidad se deshace como turrón cada vez que habla de la Paty, una ex compañera de trabajo que lo trae por las cuerdas. En la noche fui al centro y compré dos copas, queso, vino Santa Ema y una bolsa de Tolines. Uno nunca sabe como terminan las noches en la ciudad.
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