De tanto irme de copas mirando a los ojos para romper el maleficio de los siete años de mal sexo, empecé este año hundida en las pupilas verdes de un francesito que en vez de usar las manos me movía las pestañas para invitarme a recorrer su cuerpo en quizá que escondrijo de la ciudad. Era tan pequeño e imberbe que un inusual ataque de moralina me hizo quedarme detrás de la barra cuando se fue. A las siete de la mañana del primero de enero el mundo se ve de otro color, pensé, cuando parejas de antaño, amores nacientes y calenturas ocasionales tomaban forma en toqueteos que se aprestaban para el primer y universal polvo del 2003. Imaginé esas cocinas, esas alfombras, esa cama cualquiera en que tantos penes y vaginas se encontrarían para transformar bellamente a sus dueños a costa del deseo ajeno, ardiente y retozón. Me acerque a la barra, pedí un vodka y empiné el vaso hasta no dejar ni una gota. Salí a la calle transfigurada por los primeros rayos de sol y no pude dejar de pensar en la soledad que abruma de tanto en tanto a toda esa tribu urbana e intelectualoide incapaz de construir una relación que traspase el umbral de la primera noche. La juerga permanente, el desenfreno desgarrador, el tocar sin amar. La elusión sistemática de los sentimientos...La huída, el escape... Sonó mi celular. Era ese mismo hombre que nunca me hizo el amor para no enamorarse de mi. Estaba igual de triste que yo, añorando abrazos, arrepentido de la miseria que se impregna de uno en esos amaneceres creados para verse de a dos. “Necesito una novia”, susurró al otro lado del auricular, y no pude evitar recordarle que ambos guardamos silencio después del sexo para evitar el compromiso, nos vamos antes del desayuno para no oír al otro si se enganchó, nunca olvidamos nada para no tener que volver y, a lo más, damos el número del celular para que el titilar de la pantalla nos alerte de esas llamadas que no queremos contestar. Presentí su mueca triste y asertiva y estuve a punto de correr hasta su casa para acompañarnos en el fondo del precipicio, pero después sentí que el tiempo borra todo lo anhelado y ya no lo deseaba ni un poquito. Me quedé sola y ustedes se quedaron sin una de mis desenfadadas historias. Hoy no les contaré ningún polvo, ni mío, ni ajeno, ni inventado. A veces la realidad supera hasta las ganas y ni siquiera quiero tocarme para capear el vacío... Entre tanto brindis ¿habré dejado de mirar a alguien a los ojos?.
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