Hace rato que aprovechaba mis descuidos para tocarme los senos y subir sus dedos morenos por la porción de pierna que dejaba al descubierto el tajo de mi vestido. Era la promesa de un encuentro, de ese que vendría para ponerle atajo a la contradicción vital que abrimos cuando estuvimos juntos sin estarlo. Teníamos una deuda de cuerpos y amores. Lo recuerdo. Sus dedos me recorrieron anhelándola a ella y los míos imaginando a un él que tampoco estaba. Los ausentes nos nublaron la mirada y nos arrojaron al vacío que sorteamos agarrándonos el uno del otro de pura tristeza. Y apegados a la clandestinidad de nuestra trasgresión nos terminamos deseando de verdad, a punta de cargar nuestros toqueteos furtivos de erotismo y desnudos mañaneros, de imaginería sexual y magia prestada de lo que fue y pudo haber sido. Esa tarde era igual que una primera vez. Quizá por eso no hizo lo que le pedí. Se sacó risueño el pañuelo de seda con que cubrí sus ojos para juguetear con un trozo de hielo sobre su pecho y, luego de atraparme para evitar que huyera, me penetró levemente e inició una serie de movimientos cortos, circulares... Era como si tocara de una vez todos los puntos de mi vagina y yo perdiera subrepticiamente el control. Entonces vino lo mejor: comenzó a mezclar esos movimientos leves y redondos con otros más intensos y entró entero. Volvió a salir y así. La excitación prometida, los orgasmos robados y devueltos a sus dueños, nosotros, los únicos capaces de exorcizar esos fantasmas que nublaron nuestros coitos, estábamos juntos al fin. Pero tanto placer no era gratis. “No importa que la ames, le dije. No importa, me voy a colar entre tus sábanas. Esta noche, cuando le hagas el amor a ella, lo estarás haciendo conmigo. No lo podrás evitar”.
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