Loreto de los Ángeles se fue. Ayer inició un viaje hacia ese universo que está después de la muerte y dejó en las almas de Primera Línea el dolor de saber que ya no contaremos con su calidez y su risa contagiosa. Pero igual una parte suya se queda con nosotros y con nuestros lectores. En el sitio siempre seguirán estando sus columnas. Y hoy, como un último regalo, vamos a publicar la última. Una que ella escribió para despedirse de ustedes y nosotros no queríamos subir por si la convencíamos de volver. Veámonos las caras, por favor: De toda la reflexión que puedo haber producido en este modesto espacio semanal -las veces que no he estado matando a mis personajes, ya de frustraciones ridículas, ya de pueriles miedos, o lisa y llanamente matándolos a cachas- me quedo con ese inmodesto borde en que la personaja abandona de repente el cuadradito del orden social y se lanza a la vida como si no hubiera nada más en el mundo que el estrógeno revolviéndole el pubis desde dentro. Todo esto hasta que releí a la María Luisa Bombal y descubrí que ella lo había escrito hace más o menos cincuenta años, y entonces no había nada de novedoso en una mujer que de repente sin advertencia alguna se tira encima del sujeto que va en la otra vereda, o que arregla con las puras pestañas el paso a la mano deslizándose por la entrepierna de una falda peludita. No he de olvidar que malas columnas he producido, es que la idea era buena, pero la pluma no tanto. Justificación sincera pero barata. Me doy cuenta. (Hay otras memorables que hasta a mí me gustaron, como la del robo del personal -Podrás volver a robarme, pero tendrás que besarme-, donde salió al baile Sabina poniéndole banda de sonido, aunque el maldito se niegue a venir a Chile a conocerme). Ay, el sexo en los murmullos públicos. De alguna retorcida manera tratar de sentarse en el reverso del trono, el de las historias que pasan en la jalea condicional de la cabeza. Los desmadres, las torpezas, los hipos corriendo entre medio del operático orgasmo final. Releyendo para atrás, el año y medio de columnas, me quedé ramonenado también en las historias neuróticas que se quedan a medio camino, o cuando asalta la urgencia de orgasmo en cualquier parte, al costado de la plaza, en la micro de mañana, cuando roza el codo en la fila del casino, el asalto interno, la quemadura de las mieles piel arriba, la gente es tan rara. La mujer que todas las mañanas se friega el sexo untando en los dedos el jugo de sus labios para repartirlos en la base de la oreja, a la altura de las narices del compañero de oficina cuando el beso de los buenos días. La urgencia de acercar el mundo ordenado de la escritura a las cosas que le pasan a una de tanto mirar al tipo que está más allá, justo entre hombro y hombro de tus amigas cerveceras. Tanto que finalmente hay toda una conversación lujuriosa de pupila extraviada, tanto que cuando vas al baño para mecerte como diosa de los bares desvías para sentarte justo frente a él. Ella jugando a la heroína de película, pero descubre su voz horrible, que se pone nervioso, que desearía estar en una parte muy distante y ya no hay vuelta atrás. ¿Cómo decirle una al otro (o al revés) que el juego se chacreó sin retorno?, que ya no hay canción de Sabina que aguante tal ridículo compartido, tal reverso épico del sexo, del grito rajado del coito, o los temblores como resacas borrachas cuando se mira por el costado el nudo de la garganta amante torcida hacia el caleidoscopio de la ventana. Mucho se ha comentado con los lectores que me han escrito. Algunos reclamos, como si la vida fuera un solo carril ordenado y yo fuera la responsable de los desmadres de todos (sí: soy mujer, para los que tenían dudas). Ciertas bienaventuranzas e historias, muchos besos y saludos enigmáticos. Seguirán allá afuera los desbandes, no nos enfurruñemos. Hasta que la marea sea incontenible, hasta que no le parezca raro a nadie que las Marías Luisas Bombales salgan a la calle a buscar amantes, hasta que el tipo del casino se voltee hacia mi brazo rozando el suyo (ojalá leas esto), hasta que los orgasmos se coman los desfiles institucionales. Hasta que se acaben los miedos inscritos, feroces, en el cuerpo. Siempre me han gustado los disturbios. Me gustan. Sobre todo entre los pliegues abriéndose a la yema redonda del dedo que se remueve tranquila revolviendo los placeres todos. Mis agradecimientos calurosos en este cierre de ciclo a lectoras y lectores que nunca conocí pero sé que están ahí, a todos los que escribieron correos y gracias miles a los comentarios permanentes del Conde de Or, Juanito, M y F, Roberto, Martín, y José Miguel. A mis amigas Kelly, Leo, Daniel, Hormi, Carla y Susan Luna por el apoyo incondicional y una que otra idea canalla. A Julio-editor por la paciencia eterna a mis tormentosos ritmos de escritura, a Lupe por todo lo que le debe mi escritura y muy especialmente a Carolina Moreno por la responsabilidad que le cabe. Loreto de los Ángeles Hernández Ravest tenía 28 años. Era socióloga y trabajaba en el Programa de Ciudadanía de la Universidad de Chile, a la par de ser columnista de Primera Línea.
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