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Relatos

Fútbol, mucho sexo y rock n’ roll... con pena


Mientras la vagina húmeda de Carmen subía y bajaba por mi pene hinchado, yo no dejaba de pensar en imágenes de fútbol. Mientras su orgasmo explotaba sobre mi humanidad de cavernícola, yo ajeno, repasaba cada episodio de mi vida que por un azar siempre ha sido un puente entre las mujeres y el fútbol.


Por: Vinicio
Fuente: PrimeraLínea

Estas historias las escribo ebrio de alcohol, tristeza y locura. Todas buscan en el fútbol la emoción que me ha producido la música y los orgasmos descubiertos después que la luna se desangra y cae en mi glande púrpura.

A los ocho años luego de infructuosos intentos por ser parte del equipo del barrio y con un saco de goles (en contra), combos (de los contrarios y mis compañeros) y pequeñas muertes comencé a darme cuenta que no era malo para la pelota... era tan sólo un crío incomprendido.

Por esa misma fecha empezaba a manosearme la presa mientras mi madre paraba la olla de la pobreza familiar como costurera. Realizaba trabajos para viejas cuicas que por supuesto iban a mi casa y se probaban faldas, vestidos y cuanta cosa ...

Yo aprovechaba para “cuartearme” a las viejas mientras mi hermosa madre les tomaba las medidas....Ahí empecé a calentarme con el suave (se veía suave) color blanco de los sostenes y los calzones. La delicia duró hasta que me pillaron. Mi madre me sacó la cresta y media. Más tarde tapó mi “ventana” al exquisito paraíso del voyerismo que había descubierto.

Hasta el día de hoy me duele

Una vez en una pichanguita del barrio un “rechucha...conchadesumadre” me puso un taco en los “cocos” que hasta hoy me duele recordarlo. Quedé tirado, casi inconsciente. Entre unos cuantos niños me llevaron a la casa y me dejaron tirado en la reja de madera de mi casa. Mi padres estaban en la feria trabajando y en la casa no había nadie. Una vecina se compadeció de mi dolor y me arrastró a su casa. La hija de mi vecina también se compadeció de mi dolor y entre juguito de naranja y los monos animados me enseño sus pechos.

“Tu polola no tiene pechos como estos”.
No. No tiene ni la tercera parte de esos pechos. Era un pololeo de cuarto básico. Sin besos, con cartas y celos.

“Ven tócalos”. Entre el dolor de la patada en los cocos y una textura de seno anestésico chupe teta por primera vez como un becerro hambriento. A pesar del placer, el dolor de los cocos me duro como dos meses.

Primavera en la pobla

Mi viejo en el campo de juego fue la figura. Después también fue la figura en el tercer tiempo: pipeño, pilsener, porotos, empanadas, viejas maracas, bullicio humano en el sábado por la tarde de una “changa” en la pobla.

Mi viejo me abrazaba y no comprendía cómo cresta yo no participaba en la sarta de niños corriendo tras los volantines cortados.

Mi viejo iba y venía secando pilseners. Yo me cuarteaba a las viejas en la galería... y miraba los volantines cortados en la lejanía.

Después de una jornada como esa, viajando en los hombros de mi padre, casi pierdo mi ojo derecho. Entre tanto festejo y tanta cerveza mi padre saltaba y hueveaba conmigo en sus hombros. Cantaba la canción de Magallanes reemplazando mi nombre por el de la querida Academia. “Manojito de claveles, cuando sales a la cancha....”, tarareaba muy cocido mi padre.

Cantaba hasta que pasó debajo de un árbol sin recordar que mis 28 kilos gravitaban en su espalada: pasó mi viejo, pasé yo, pero no mi ojo. Yo me toqué el ojo y la sangre brotaba caliente y roja.

Mi viejo se enteró de mi tajo porque la tibieza del suero le cayó en la pelada. Obviamente despabiló de la curadera y trató de detener la hemorragia. Mi vieja le iba sacar la cresta mientras una enfermera gorda y fea me zurció el ojo derecho que hasta el día de hoy se me cierra cuando miro el horizonte.

El último Mundial

“Escalera al cielo” de Led Zepellin en mi mente y en el equipo de música. En la tele los argentinos quedaban eliminados por engrupidos. Tenía pena. Yo también me había engrupido con la albiceleste. Será por mi amor por Gardel, Cortazar, Sábato o Boca... no sé.

Carmen movía sus nalgas haciendo círculos y yo le hacía el amor por última vez a lo “perrito”. Por el vidrio roto que linda con mi cama el frío entraba directamente a mi corazón. Sentía ese músculo descubierto sin su envoltorio de carne. Sentía una profunda melancolía ... pero no paraba de romperle el útero, “metafóricamente” hablando.

Después de unos minutos de sexo paré. Me tomé medía cerveza de un sorbo y rocié a Carmen con ella.

- “Tu sabes que es la última muñeca”, dije imitando una expresión indiferente de Bogart.

- “Lo sé”, me dijo caliente y triste. Es una mezcla hermosa y explosiva.

La respuesta de Carmen me provocó más pena y más deseo. Después de lamerla por todos los lados le recite un poema de Mallarmé.

- “Siempre voy a recordar tus poemas”, dijo.

- “Recuerdas la vez que lo hicimos en un confesionario y jugamos a decir la verdad” -
Sí, contesto-.

- “Esa vez te dije el día que te lleves todo esto hazlo como en sue...”
No alcancé a terminar la frase cuando me encontré con la punta de su pecho entre mis labios. La pena y el deseo crecían y se estrangulaban dentro de mí...

Al mismo tiempo pensaba: los argentinos perdieron por engrupidos. El batero de los Zepellin es un grande. Te voy a extrañar Carmen... nadie se come mi pene como tú, nadie.

Se apaga la tele con el llanto argentino, el rock de Zepellin también se apaga. Eyaculo y lloro a la vez...

Carmen duerme...

Mientras la noche vomita soledades recuerdo una frase: “lo malo de un hombre con el corazón roto es que termina repartiendo sus pedazos”. Es cierto.



Martes 2 de Julio de 2002
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